Qué hostia tenemos

Los límites del humor en una imagen

La verdad es que no sé por dónde empezar. Condenar el atentado a Charlie Hebdo es ligeramente extemporáneo una vez los muertos ya están enterrados y, creo, quienes me leéis habitualmente por esas cosas de las redes sociales sabréis que no es necesario ahondar más en ello.

Pero sí es necesario, frente a lo que se ve por ahí, explicar un poco el contexto de mi bestialidad dado que mucha gente me lo ha echado en cara en varias ocasiones. Es que tu lengua es muy afilada o igual te iría mejor si estuvieras calladico son cosas que he tenido que aguantar durante muchos, muchos años. Profesores, compañeros de clase, gente que te conoce (no amigos, esos nunca me lo han dicho de esa manera, porque los amigos dan consejos y te afean sólo una conducta) o simples desconocidos que se sitúan frente a ti y te dicen que es que a ver qué va a pasar.

A los 13 años empecé a comprar El Jueves. Sí, a esa edad tan temprana. De hecho, toda mi colección está por ahí rondando. Más aún, mi hermano lo empezó a leer gracias a que estaba por casa incluso antes. A partir de entonces, muchas risas, algunos momentos malos han hecho que me ría hasta de mi propia sombra, hacerme con algún número histórico o atrasado de El Jueves, leer lo más florido de la pluma de Quevedo, Cela, el Pérez-Reverte que no te iba a sacar el florete porque sí (hace unos años su columna era de visita obligada, hasta que la reiteración de temas y Tuícter lo han convertido en un atorrante), dibujantes, arte, música… Todo ello reivindicativo según alguna gente, muy de izquierdas según otros. Activador de mi capacidad de pensar según mi propio criterio.

Sinceramente, el tema es, parafraseando a Arezno, esto:

No hay crítica más feroz que el humor. De hecho, no hay cosa más seria que el humor, aunque pueda parecer un oxímoron (que estaría muy bien que supieráis qué es un oxímoron, claro).

Y lo importante es… la libertad para hacer lo que le salga a uno de los cojones

Sí, así es. La libertad, es lo importante, de lo que nace el derecho a reírme de lo que me da la puta gana, pero también es lo que da derecho a otros a callarse o a expresar opiniones completamente contrarias a la mía. Aunque me joda cuando las expresen.

Y eso es precisamente lo que está pasando en las redes sociales. Se ha iniciado una especie de guerra de guerrillas a ver quién es más libre utilizando su derecho a ofenderse y a indignarse. Que si me han quitado mi artículo de Facebook, que si hay personas con una patología que debería estudiar un psicólogo que se enorgullecen de cerrar cuentas de otras personas y otras personas con una patología similar que lloran por su cuenta perdida y recuperada, gente que no se lee los correos con las actualizaciones de las normas de servicios web que utilizan (yo tampoco las leo) y que se quejan cuando resulta que no sé qué, otros que interpretan la norma como les sale de la polla… Y al final, mucha gente que sigue haciéndose la pregunta de por qué no hay un Google o un Twitter o un Facebook o un Linkedin en Europa. Muy fácil, porque en aras a nuestra libertad exigimos a los demás cosas que no cumplimos ni para nosotros mismos.

Por supuesto, seguro que hay quienes se hayan sentido ofendidos por la imagen que encabeza el post. Lo siento, soy así. Qué hostia tengo.

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